EL TROZO DE ARCILLA

 

 

Hoy, como cada mañana, me acerqué a visitar a mi Jefe.

- Buenos días Jefe, ¿cómo estás?.

- Bien. Hoy tengo un trabajo para ti.

- Dime; ¿qué tengo qué hacer?.

- Coge un cuaderno y un lápiz y escribe lo que te dicte; quiero que se publique.

-¡Ah!, entonces espera un momento, mejor lo grabo y luego lo escribo tranquilo.

- Como quieras, pero no te olvides de publicarlo.

- No te preocupes, ¡eso está hecho!. Cuando quieras, ya está la grabadora funcionando.

- Quiero contar la historia del "trozo de arcilla":

 

Había un alfarero que modelaba la arcilla extraordinariamente, era un gran artista, ¡muchos lo reconocían como el mejor!. Él seleccionaba la arcilla, la tocaba, la olía, observaba cuál era su humedad, su color, todo lo hacía con una metodología fuera de serie, hasta que daba con la arcilla deseada. Después de mucho buscar la encontró. La cogió entre sus manos y le preguntó:

-¿Qué quieres ser?.

Y la arcilla respondió.

-¡Tu mejor obra de arte!.

- El alfarero la miró con pasión y amor y le contestó:

Lo voy a intentar.

¡Y desde luego que lo consiguió!. Realizó una verdadera obra de arte. Realizó una figurilla que era la admiración de todos. La llevaron a un gran museo y la pusieron en primera línea, en una urna de cristal, con una iluminación perfecta, para así poder resaltar toda su belleza.

La gente pasaba y se paraba a piropearla. La estatuilla no cabía en sí misma; de un trozo de arcilla olvidada en el campo había pasado a ser la más admirada de todas.

Pasaron los años y de tanto moverse y pavonearse, la figurilla se fue deformando. Se daba cuenta en el reflejo del cristal de la urna y no sabía qué hacer. Tanto quería qué la admirasen, que de una figurilla esbelta y hermosa se transformaba en una figura de Botero: gorda y deforme!. Siguió deformándose y llegó a convertirse en una obra abstracta y todos los que pasaban la veían de una forma diferente. Unos decían "parece una osa", otros "una explosión", otros "la muerte"... estaba desesperada. No sabía qué hacer. Pero un día llegó el alfarero, su Creador, y pasó sin identificarla. Ella, desesperadamente lo llamaba, pero nada; hasta que él volvió la cabeza y escuchó una voz que decía:

-¡Por favor, rescátame, quiero ser otra!.

El alfarero se compadeció de ella y la cogió en sus manos y mirándola con un amor tremendo le preguntó:

- ¿Qué quieres que haga contigo?.

Ella, con lágrimas en sus ojos le respondió:

- ¡Rómpeme y hazme de nuevo!, pero ahora no quiero ser una estatuilla.

Su Creador le preguntó.

- Y... ¿qué quieres ser?.

- Me gustaría que volvieras a modelarme y me transformases en una vasija.

- ¿En una vasija?. Le preguntó sorprendido.

- Si. Así podré llevar el agua a los demás. Quiero ser útil. He aprendido la lección. me creaste perfecta y ¡fíjate en qué me he convertido!, ahora sé que siendo útil haré feliz a los demás.

El alfarero la cogió entre sus manos y, con una bondad infinita empezó de nuevo la tarea. Creó una vasija para llevar el agua a los demás, pero con la particularidad que quién bebiese de esa agua nunca tendría más sed. Era esa agua viva que sólo el Creador es capaz de dar a los que se la piden.

 

- Jefe, que historia más bella. ¡Si fuese verdad lo del agua...!

- Amigo mío, ¡el qué quiera entender, qué entienda!.

 

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